“Cada siete olas”, los happy end y la imaginación.

No es un juicio equivocado pensar que la mayoría de las historias de amor no tienen un final feliz. Todavía tienen menos probabilidad de terminar bien las historias de amor que comienzan con una relación virtual, por aquello de la dificultad de adecuar la realidad a las expectativas. En este tema, sin embargo, la realidad desmiente a la ficción. Muchas de las películas de Hollywood, aunque no sean específicamente historias de amor, nos tienen acostumbrados a un final feliz en el que el amor tiene un papel destacado. También es este el caso de muchas novelas, aunque en la novela está más extendido un final que, a menudo, puede ser superado por la triste realidad.

La continuación del libro de Daniel Glattauer Contra el viento del norte (que hemos comentado en este blog), y que se titula Cada siete olas, nos depara un final de película. La segunda parte de esta historia de amor es, a nuestro entender, demasiado previsible, y se ajusta excesivamente bien a las expectativas y deseos de la educación sentimental que muchos de nosotros hemos recibido. La experiencia empírica nos dice que el amor tiene un diagnóstico difícil, que las historias de amor, cuando se acaban, y son muchas las que suelen acabar, no son fácilmente catalogables entre los “finales felices”. Sin embargo, los finales felices nos satisfacen mucho más. La novela de Glattauer sí tiene un final feliz. Los protagonistas misteriosos, pese a las dificultades, llegan a conocerse, se gustan y se desean. Son relativamente jóvenes y bellos y pueden tener la oportunidad de un nuevo inicio para sus insatisfactorias vidas. Sí, cuando se acaba de leer la novela, como tantas veces al final de una película, lo haces con la satisfacción y el bienestar de un happy end, de una historia de amor que también podrías haber deseado para ti.

Sin entrar a juzgar el valor catártico de la retórica cinematográfica, o la rápida simpatía hacia los enamorados y la fácil identificación con los protagonistas de las historias de amor, nos preguntamos de dónde nos viene la inclinación hacia el final feliz.

No queremos agotar las muchas explicaciones posibles y sólo queremos apuntar al rol central de la imaginación en la capacitación del individuo moderno para suscitar emociones que le pueden resultar muy satisfactorias y arrancarlo de la anodina cotidianidad; este puede ser uno de los motivos de nuestro gusto por los happy end (y por las historias de amor, claro).

La capacidad que las narraciones tienen para suscitar la imaginación, y la capacidad de la imaginación para asociarse a una historia o incluso a un mero objeto, nos permite evocar y (re) vivir toda la carga emocional de determinadas situaciones en las que, sin estar, podemos experimentar cuál sería su sentido y su valor para nosotros. Se trata de un efecto parecido al de los sueños, no sólo una realización de los deseos (como diría Freud), sino un vivir situaciones que nos permiten sentir las emociones que nos producen como si fueran reales. Hollywood es sólo una de las fábricas (para el consumo) de sueños.

Desmintiendo Calderon de la Barca, no es que la vida sea un sueño, sino que los sueños nos permiten disfrutar -o sufrir- de emociones tan reales como las de la vida … Y los sueños vida son.

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Sociology of Emotions - Research Group
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