Lágrimas y fútbol

Es frecuente que las cámaras de televisión enfoquen docenas de aficionados con caras tristes y ojos llorosos al final de un partido de fútbol importante cuando su equipo acaba de perder. También algunos jugadores lloran la derrota.

En términos spinozista podríamos afirmar que cualquier derrota nos entristece, porque cualquier derrota, en principio, disminuye nuestra potencia de existir. Todo lo que nos pone límites, que entorpece nuestra capacidad de acción y dificulta nuestra manera de estar en el mundo -y en este sentido disminuye o bloquea la potencia de existir- nos entristece. Y nos alegra lo que la aumenta, lo que nos da poder, nos expande y confirma que vale la pena lo que estamos haciendo.

¿Es en este sentido que nos entristece un partido de fútbol cuando “nuestro” equipo es derrotado? ¿Disminuye esta derrota nuestra potencia de existir? Y en el caso de victoria, ¿nos alegra hasta el extremo de la euforia incontrolada y del contagio colectivo? ¿Nos afirma en la existencia la victoria de “nuestro” equipo?

Seguramente, esta es una explicación posible de la explosión de tristeza y lágrimas (o también por el aumento de la alegría) en el campo de fútbol. Sin embargo, queremos destacar otro elemento importante, el papel de la imaginación en el sentimiento de la derrota y en el sentido que otorgamos a la derrota de nuestro equipo de fútbol.

Los partidos de fútbol pueden ser grandes enfrentamientos entre dos equipos y sus aficiones. Los equipos de fútbol pueden representar un barrio, una ciudad, un país o una nación. Las adhesiones a “nuestros” equipos movilizan las emociones en los diferentes contextos en que los enfrentamientos tienen lugar, según lo que en cada momento sea importante y significativo para nosotros. No todos los partidos, claro está, son iguales. Nuestra capacidad imaginativa (adherida a los equipos y a los símbolos que los acompañan, un escudo, una bandera, una ciudad, un país) nos permite suscitar con la imaginada y deseada victoria diferentes escenarios que provocan y estimulan multitud de sentimientos (la relación entre imaginación y deseo merece valoración aparte). Imaginad todo lo que un seguidor puede imaginar antes del enfrentamiento de su equipo con su mayor rival, pongamos por caso un culé antes de un Barça – Real Madrid. Conversaciones, discursos, imaginarios sociales, representaciones colectivas … todo envuelve la imaginación y suscita las emociones.

La derrota viene a ser como un principio de realidad que apaga toda la producción imaginativa y emocional (en la dirección que estaba teniendo lugar). Decepción, silencio, indiferencia de los hechos (lo que ha pasado es indiferente a nuestra imaginación ya nuestro deseo), cambio de orientación. Las lágrimas acompañan y aumentan la decepción, la frustración y la tristeza por una derrota que trastoca todo aquello en lo que habíamos estado fuertemente implicados por un tiempo. Todo lo que habíamos imaginado y que nos enardecía, que nos emocionaba (en el sentido de que era importante para nosotros y nos implicaba personalmente) ha dejado de ser posible, ha cambiado de orientación, de sentido. Los polos de la imaginación deben reorientar la brújula emocional. Este es el mecanismo de la alegría y la tristeza. Disminución o aumento de la potencia de existir ligados a nuestra capacidad imaginativa.

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Sociology of Emotions - Research Group
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